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Archive for the 'Teatro' Category

Enrique Symns – Citas

Posted by Jordi Guzmán on 11th mayo 2012

 Cuando el guerrero llega al borde del abismo, salta en posición de combate. El bailarín se arroja con un paso de baile. El místico, en postura de meditación. El tonto tropieza y cae. Sin embargo, es curioso lo que hace el elegante: antes de caer al abismo, se da la vuelta y saluda.

Enrique Symns. Invitación al abismo (obra teatral).

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Josep M. de Sagarra – La cultura del dolor

Posted by Jordi Guzmán on 27th septiembre 2011

Hoy se cumplen cincuenta años del fallecimiento de Josep M. de Sagarra (1894-1961), escritor, poeta, dramaturgo y periodista catalán de notable éxito. También fue traductor de Dante, La divina comedia, de Shakespeare, Moliere o Gogol. Entre 1929 y 1936 publicó semanalmente unos artículos en la revista Mirador con el titulo  L’aperitui (El aperitivo) en donde escribía sobre temas de actualidad, llegando a publicar más de 360.

Como él mismo definió posteriormente era: “un comentario de tema libre, redactado en un estilo que participaba de la columna periodística y del poema en prosa“. En el año 2004 editaron 186 de dichos artículos en un libro titulado El perfum del dies (El perfume de los días) editado por Quaderns Crema del que he traducido a trancas y barrancas un articulo publicado el 12 de diciembre de 1935. Resulta curioso como en algunas cosas – no todas – parece que pocas cosas han cambiado desde hace 76 años y que quejarse de la falta de cultura y criterio de los semejantes es lo habitual desde la Grecia antigua. Acertada y moderna es su apreciación de esa “cultura del dolor” que hoy en día vemos día si y día también en todas las televisiones y medios de comunicación. Hace casi un año ya le dediqué un post a otro de sus artículos, más abajo esta en enlace.

LA CULTURA DEL DOLOR

Se puede afirmar, sin miedo a equivocarse mucho que a pesar de la enorme producción de letra impresa que cada día se entrega al mercado. Los hombres en general saben hoy mucho menos cosas que hace cien o doscientos años atrás. Es evidente, pero, que hoy en días los conocimientos están más al alcance de todos, que hay infinitos medios para que las personas se enteren con una cierta rapidez de todo aquello que es necesario para formar la base de una cultura sobre cualquier ramo o materia. También es evidente que los hombres viajan mucho más y que es muchísimo superior el número de individuos que pueden entender e incluso hablar y escribir una o unas cuantas lenguas, además de la que les es natural y propia. Pero a pesar de todas estas cosas, se puede decir que el noventa y cinco por ciento de los humanos se tragan la dosis de cultura necesaria para ir tirando, con la rapidez y facilidad con que se tragan un comprimido de aspirina para liberarse de un dolorcillo pasajero. La inmensa mayoría de la humanidad (especialmente en nuestros países de clima benigno) con cuatro hojas de periódico, por encima de las cuales pasan los ojos con una rapidez sin contemplaciones, ya tienen bastante para ir tirando y para intervenir en las conversaciones y para producir las ideas del día. Y, en muchísimos casos, la radio sustituye el periódico con ventajas para quien la escucha, pues le hace falta menos esfuerzo y le dan las nuevas del día y los elementos de cultura en forma de comprimido mucho más tragable porque lo aliñan con  música.

Hoy en día las librerías viven exultantes de volúmenes y de novedad científica y literaria, pero al hombre medio, de todas las fortunas, esto no le interesa. Antes, hablo de cien años atrás, toda persona de cierta posición social tenía el deber de interesarse por alguna cosa que tuviese un cierto aire espiritual. Como que esa persona iba más lentamente que la gente de hoy en día, y no le habían puesto este motor idiota que todos llevamos en la presente época, tenía más tiempo para todo, tenía tiempo para meditar, para digerir, para asimilar aquello que formaba la base de su cultura, y esa persona, sin ser un profesional de las ideas, podía elaborar ideas propias que le servían para contemplar los atardeceres o las salidas del Sol.

Hoy en día, en que el nivel de la cultura y del pensamiento cada día es más bajo, se puede observar, pero, como a cada momento se crea un deseo de cultura, o una necesidad de cultura, que en ocasiones no pasa de ser una mera curiosidad o un cotilleo, pero que de una forma u otra crea conocimiento.

Este hecho es producido por el dolor (un dolor físico, un dolor moral, una desgracia, etc.); es lo que podríamos denominar la cultura del dolor. El hombre necesita que se produzca un desastre, de la forma y cantidad que sea, para interesarse a enriquecer sus conocimientos. Imaginaos, por ejemplo, una familia de tranquilos comerciantes, fuertes en aritmética y otras ciencias aptas para estrujar pacíficamente al prójimo. Esta buena familia que no se ha interesado nunca, ni el padre ni la madre ni las tías, por nada que haga referencia a las ciencias biológicas, tienen del cuerpo humano y de su funcionamiento una idea aproximada como de la que se tiene de un desván de trastos viejos, Un buen día, el padre, la madre o la tía son víctimas de un grave conflicto que se les ha producido en el hígado, pongamos por caso. Aquella buena gente consultan médicos especialistas y empiezan a tener una cultura sobre el hígado; si el enfermo y la enfermedad son de importancia, se crea un estado de preocupación la familia irradia a todos sus conocidos y amistades, en todo donde tenga relación o influencia, esa preocupación por el hígado, sobre la existencia, funcionamiento y patología del hígado. De esa manera, un núcleo humano cualquiera ha descubierto, y ha convertido en cotilleo, curiosidad o cultura, aquello que les ha servido el hígado de un señor conocido.

Este ejemplo de la cultura producida por el dolor se puede ir viendo en todos los campos y en todas las esferas, desde las más altas, hasta las más grandiosas catástrofes.

Sin ir más lejos, ahora vivimos un fortísimo caso de rápida y apasionada cultura producida por el dolor. Se trata de la guerra de Etiopia. Son miles las personas que, en nuestra ciudad, sin ir más lejos, han adquirido una serie de conocimientos geográficos y etnográficos que, sin el dolor, sin la cruenta y sensible catástrofe de una guerra, no habrían adquirido nunca.

¿Cuantos barceloneses ahora hace un año tenían idea de la existencia de Addis Abeba o del mapa de Etiopia? Yo estoy segurísimo que no llegaban ni mucho menos a un medio por mil. Exceptuando de algunos estudiantes, que casi tienen una idea mecánica de las cosas, a pesar de los grandes inventos de la pedagogía, porque la pedagogía moderna es una de las más autenticas encerronas que se conocen, estoy convencido de que la mayoría de señores que barajan un centenar de ideas por los cafés, los despachos y las casas particulares, tenían un concepto de Etiopia, de sus costumbres, de su organización política y social, de una vaguedad aproximada a la vaguedad de mis conocimientos sobre las penas eternas del infierno. Pero en este caso, como en muchísimos casos, el dolor fatalmente ha producido una cultura. Y yo encuentro lamentable que tenga que ser el dolor el que distraiga por unos momentos la banalidad de nuestra época, y le imponga el deber de abalanzarse sobre las cosas de enterarse de que son y cómo son las cosas.

Josep M. de Sagarra 12-XII-1935

El perfum dels dies. Edició de Narcís Garollera. Quaderns Crema 2004

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Un libro y una rosa

Posted by Jordi Guzmán on 23rd abril 2010

Como algunos sabreis hoy, diada de Sant Jordi,  se celebra en mi tierra el día de la rosa y el libro. Es costumbre en Cataluña que ellos regalen una rosa a ellas y ellas en contrapartida han de regalar un libro, en un arreglo que puede variar de muchas maneras. Siguiendo una tradicion de este blog que ya tiene dos años, en 2008 fue una reivindicación del gran derrotado del día: el dragón y en 2009 ya fue más tradicional, os hago, a todos, el regalo de una rosa en forma de imagen y os recomiendo un libro.

En este caso el libro es una obra teatral de Patrick Süskind, el autor del conocido El Perfume, llamada El Contrabajo, una corta obra en donde asistimos a las elocubraciones algo locas de un músico clásico, un contrabajista. Os dejo con un fragmento de la obra. Si quereis os podeis bajar la obra en este enlace. ¡Feliz día!

Patrick SüskindEl contrabajo

Una habitación. Se oye un disco, la Segunda Sinfonía de Brahms. Alguien la tararea. Vuelven unos pasos que se alejaban. Alguien abre una botella y se sirve una cerveza.

Un momento… ya viene… ¡Ahora! ¿Lo oye? ¡Ya! ¡Ahora! ¿Lo oye? Pronto volverá, el mismo pasaje; espere un momento.
¡Ahora! ¿Lo oye? Me refiero a los bajos. A los contrabajos…

Levanta el brazo del tocadiscos. Fin de la música.

Éste soy yo. O, mejor dicho, nosotros. Mis colegas y yo. La orquesta nacional. La Segunda de Brahms es impresionante. En aquella ocasión éramos seis, un conjunto de fuerza mediana. En total somos ocho. De vez en cuando vienen de fuera y llegamos a diez. Incluso hemos llegado a ser doce, lo cual es muy fuerte, se lo aseguro, muy fuerte. A doce contrabajos, si ellos quieren —en teoría, claro—, no se les puede mantener a raya ni con toda una orquesta. Aunque sólo sea físicamente. Los otros no tienen nada que hacer. De hecho, sin nosotros no se puede empezar nada. Puede usted preguntarlo a cualquiera. Cualquier músico le confirmará gustosamente que una orquesta puede prescindir del director, pero no del contrabajo. Las orquestas han tocado sin directores durante siglos; en la historia de la evolución musical, el director es un invento muy reciente. Del siglo XIX. Yo también puedo confirmarle que incluso nosotros, los de la orquesta nacional, solemos tocar sin hacer el menor caso del director. O pasándolo por alto. A veces tocamos pasando por alto al director sin que él se dé cuenta. Le dejamos dar pinceladas en el aire hasta que se cansa, mientras nosotros pateamos el suelo con las botas. No con el DGM, pero sí casi siempre con el director de una orquesta invitada. Son placeres muy secretos que casi no se deben mencionar. En cualquier caso, esto es marginal.
Por el otro lado, en cambio, es imposible concebir una orquesta sin contrabajo. Puede incluso decirse que la orquesta —una definición, ahora— no existe hasta que tiene un bajo. Hay orquestas sin primer violín, sin instrumentos de viento, sin timbales y trompetas, sin nada. Pero no sin bajo.
Con todo esto quiero llegar a la afirmación de que el contrabajo es, con mucho, el instrumento más importante de la orquesta. Aunque no sea considerado como tal.
Sin embargo, forma toda la estructura básica orquestal sobre la que debe apoyarse el resto de la orquesta, director incluido. El bajo viene a ser, por consiguiente, los cimientos sobre los que se levanta todo este magnífico edificio. Prescinda del bajo y reinará la más absoluta confusión babilónica de lenguas, una Sodoma donde nadie sabe ya por qué hace música. Imagínese —por ejemplo— la Sinfonía en sí menor de Schubert sin bajos. Evidente. Puede olvidarse de ella. Puede olvidarse de toda la literatura orquestal desde la A a la Z —y de todo lo que quiera: sinfonías, óperas, recitales— si no tiene contrabajos. ¡Y pregunte a un músico de orquesta cuándo empieza a extraviarse! ¡Pregúnteselo! Cuando deja de oír el contrabajo. ¡Un fiasco! En una banda de jazz todavía resulta más conspicuo. Cuando se excluye el bajo, la banda de jazz —ahora en sentido figurado— se desintegra como en una explosión. Todo deja de tener sentido para el resto de los músicos. Por otra parte, yo rechazo el jazz, así como el rock y otras cosas similares porque, como artista educado en el sentido clásico de lo bello, lo bueno y lo verdadero, nada me ofende más que la anarquía de la improvisación libre. Pero esto es marginal.
Sólo quería dejar bien sentado que el contrabajo es el instrumento central de la orquesta. En el fondo lo sabe todo el mundo, sólo que nadie lo confiesa abiertamente porque el músico de orquesta es por naturaleza un poco celoso. ¿Acaso le gustaría a nuestro primer violín admitir que sin el contrabajo es como un emperador sin ropaje, un símbolo ridículo de la propia vanidad e insignificancia? No le gustaría nada, nada en absoluto. Si me permite tomar un sorbo…
Bebe un sorbo de cerveza.
Soy un hombre modesto, pero conozco, como músico, el suelo que piso; la madre tierra en la que todos tenemos nuestras raíces; la fuente de energía de la cual se alimentan todas las ideas musicales; el auténtico polo procreador de cuyos riñones —en sentido figurado—fluye el semen musical… ¡Esto soy yo! Quiero decir, esto es el bajo. El contrabajo. Y todo lo demás es el polo opuesto. Todo lo demás no puede llegar a ser polo si no es a través del bajo. Por ejemplo, la soprano. Ahora, la ópera. La soprano como… no sé expresarlo… Escuche, ahora tenemos en la ópera una joven soprano, mezzosoprano… he oído muchas voces, pero la suya es realmente conmovedora. Me siento conmovido hasta lo más hondo por esta mujer. Es todavía casi una muchacha. Veinticinco años. Yo tengo treinta y cinco; en agosto cumpliré treinta y seis; siempre durante las vacaciones de la orquesta. Una mujer espléndida. Una fuente de inspiración… Pero esto es marginal.
Decía que la voz de soprano —por ejemplo— es lo más contrapuesto al bajo que uno puede imaginar, tanto humanamente como en sonido instrumental, por lo que esta soprano… o mezzo-soprano, sería… exactamente aquel polo opuesto desde el cual… o mejor dicho: hacia el cual… o con el cual se une el contrabajo… de modo totalmente irresistible —casi— para prender la chispa musical de polo a polo, de bajo a soprano —o mezzo, hacia arriba—, alegóricamente, la alondra… divina allí arriba, en las alturas universales, cerca de la eternidad, cósmica, se diría que ilimitadamente sexual, sensual y erótica… y al mismo tiempo incluida en el campo del polo magnético irradiado por el pedestal del contrabajo, asentado en la tierra, arcaico, porque el contrabajo es arcaico, si usted comprende lo que quiero decir… Y sólo así es posible la música, porque en esta tensión que abarca de aquí para allí y de arriba abajo, acontece todo cuanto tiene sentido en la música, se engendra el sentido y la vida musical, la vida, en definitiva. Pues bien, le decía que esta cantante —a propósito, se llama Sarah—, le decía que algún día será muy famosa. Si entiendo algo de música, y entiendo bastante, algún día será muy famosa. Y a ello habremos contribuido nosotros, los de la orquesta, y en especial los contrabajos, o sea, yo. Esto ya es algo muy satisfactorio. Bien, recapitulemos ahora: el contrabajo es el instrumento fundamental de la orquesta a causa de su gravedad básica. En una palabra, el contrabajo es el instrumento de cuerda más grave. Puede bajar hasta la nota mi grave. Quizá sea mejor que le ponga un ejemplo… Un momento…

Bebe otro sorbo de cerveza, se levanta, toma su instrumento y tensa el arco.

A propósito, lo mejor de mi bajo es el arco. Un Pfretzschner. Hoy en día valdría sus buenos dos mil quinientos. Yo lo compré por trescientos y pico. Es una locura cómo han subido los precios de los instrumentos en los diez últimos años. En fin.
¡Vamos a ver!

Toca la cuerda más grave.

¿Ha oído el mi? Exactamente 41,2 hercios, cuando está bien afinado. Hay bajos que aún pueden descender más, hasta el do e incluso el si más grave, lo cual daría 30,9 hercios. Pero para ello se necesita un instrumento de cinco cuerdas. El mío tiene cuatro. No resistiría cinco cuerdas, se rompería. En la orquesta tenemos varios con cinco porque se necesitan, para Wagner, por ejemplo. En cuanto a sonar, suenan casi igual, porque 30,9 hercios no pueden llamarse un tono en el verdadero sentido de la palabra, imagínese…

Toca una vez más el mi.
… esto, más que un tono, es un roce, cómo lo diría yo, algo forzado, un zumbido más que un tono. Por consiguiente, la extensión de mi registro me basta. Podría decirse que hacia arriba no tengo en teoría límite alguno, sólo prácticos. Por ejemplo, si hago uso de todos los trastes del mástil, puedo tocar hasta el do-3…

Toca.
… así, el do-3, el do repetido tres veces. Y ahora diremos «fin», porque más allá del trasteado no se puede pulsar ninguna cuerda. ¡Piénselo! Y ahora…

Toca un armónico.

¿… y ahora…?
Toca una nota todavía más aguda.

¿… y ahora…?
Toca una nota todavía más aguda.

… Armónico. Así se llama este método. Apoyar los dedos para obtener tonos agudos. Ahora no puedo explicarle cómo funciona físicamente el proceso, sería demasiado largo y puede buscarlo usted mismo en el diccionario. El caso es que, teóricamente, se podría tocar una nota tan aguda, que ya no se oiría. Un momento…

Toca un tono inaudible, de tan agudo.

¿Lo ha oído? No, ya no puede oírlo. ¿Lo ve? Todo ello cabe en este instrumento, teórica y físicamente, sólo que no puede obtenerse musicalmente en la práctica. Y en los instrumentos de viento sucede lo mismo. Como también en los seres humanos, en sentido figurado, se entiende. Conozco a personas que encierran todo un universo, infinito. Sin embargo, no se les puede arrancar, por mucho que se intente. Pero esto es marginal.
Cuatro cuerdas. MI-LA-RE-SOL…

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