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Archive for the 'Literatura' Category

Jack Kerouac – En el camino

Posted by Jordi Guzmán on 9th mayo 2012

Jack Kerouac (1922-1969)

Jack Kerouac (1922-1969) fue un novelista y poeta estadounidense abanderado de la generación beat como también lo fueron William Burroughs, Neal Cassady o Allen Ginsberg entre otros. Su estilo de escritura se ha llamado prosa espontánea (“kickwriting”) y una genial muestra de este tipo es su novela más conocida: En el camino, escrita en 1951 y publicada en 1957, se narra en primera persona a modo de monologo interior sus vivencias en un viaje que hicieron el y sus amigos por los EEUU y México. Esta gran novela la escribió solo en tres semanas (aunque llevaba años preparándola) en un rollo de papel, sin márgenes ni párrafos, de un tirón. El narrador es Sal Paradise, alter ego de Kerouac, Dean Moriarty es Neal Cassady y Carlo Marx es Allen Ginsberg, es una novela imprescindible, relativamente fácil de leer (si es en su idioma original mejor) y el más importante exponente de la nueva novela estadounidense de los cincuenta del siglo pasado.En esta pagina os podéis bajar la novela si os interesa.

“Dean ya se había marchado. Carlo y yo le despedímos en la estación de los Greyhound de la calle 34. En la parte de arriba había un sitio donde te hacían fotos por 25 centavos. Carlo se quitó las gafas y tenía un aspecto siniestro. Dean se hizo una foto de perfil y miró tímidamente a su alrededor. Yo me hice una foto de frente y salí con pinta de italiano de treinta años dispuesto a matar al que se atreviera a decir algo de mi madre. Carlo y Dean cortaron cuidadosamente esta fotografía por la mitad y se guardaron una mitad cada uno en la cartera. Dean llevaba un auténtico traje de hombre de negocios del Oeste para su gran viaje de regreso a Denver; había terminado su primer salto hasta Nueva York. Digo salto, pero había trabajado como una mula en los aparcamientos. El empleado de aparcamiento más fantástico del mundo; es capaz de ir marcha atrás en un coche a sesenta kilómetros por hora siguiendo un paso muy estrecho y pararse junto a la pared, saltar, correr entre los parachoques, saltar dentro de otro coche, girar a ochenta kilómetros por hora en un espacio muy pequeño, llevarlo marcha atrás hasta dejarlo en un lugar pequeñísimo, ¡plash!, cerrar el coche que vibra todo entero mientras él salta afuera; entonces vuela a la taquilla de los tickets, esprintando como un velocista por su calle, coger otro ticket, saltar dentro de otro coche que acaba de llegar antes de que su propietario se haya apeado del todo, seguir a toda velocidad con la puerta abierta, y lanzarse al sitio libre más cercano, girar, acelerar, entrar, frenar, salir; trabajando así sin pausa ocho horas cada noche, en las horas punta y a la salida de los teatros, con unos grasientos pantalones de borrachuzo y una chaqueta deshilachada y unos viejos zapatos. Ahora lleva un traje nuevo a causa de su regreso; azul con rayas, chaleco y todo —once dólares en la Tercera Avenida—, con reloj de bolsillo y cadena, y una máquina de escribir portátil con la que va a empezar a escribir en una pensión de Denver en cuanto encuentre trabajo. Hubo una comida de despedída con salchichas y judías en un Riker de la Séptima Avenida, y después Dean subió a un autobús que decía Chicago y se perdió en la noche. Allí se iba nuestro amigo pendenciero. Me prometí seguirle en cuanto la primavera floreciese de verdad y abriera el país.

Y así fue como realmente se inició toda mi experiencia en la carretera, y las cosas que pasaron son demasiado fantásticas para no contarlas”.

Como bonus musical os pongo una canción de los King Crimson cuya letra, titulo y nombre del elepé en que está incluido está dedicada a esta novela y a la generación que representa. El titulo lo demuestra claramente: Neal and Jack and me (4:22), de su álbum Beat editado en 1982.

Clip de audio: Es necesario tener Adobe Flash Player (versión 9 o superior) para reproducir este clip de audio. Descargue la versión más reciente aquí. También necesita tener activado Javascript en su navegador.

Im wheels, I am moving wheels
I am a 1952 studebaker coupe
Im wheels, I am moving wheels moving wheels
I am a 1952 starlite coupe…
En route…..les souterrains
Des visions du cody…sartori a paris…
Strange spaghetti in this solemn city…
Theres a postcard were all seen before…
Past wild-haired teens in dark clothing
With hands-full of autographed napkins we
Eat apples in vans with sandwiches … rush
Into the lobby life of hurry up and wait
Hurry up and wait for all the odd-shaped keys
Which lead to new soap and envelopes…
Hotel room homesickness on a fresh blue bed
And the longest-ever phone call home…..no
Sleep no sleep no sleep no sleep and no mad
Video machine to eat time… a cityscene
I cant explain, the seine alone at 4am
The seine alone at 4a.m….neal and jack and me
Absent lovers, absent lovers…

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El guardián entre el centeno – Citas

Posted by Jordi Guzmán on 9th mayo 2012

 Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan a él. En cuanto empiezan a correr sin mirar adonde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno. Te parecerá una tontería, pero es lo único que de verdad me gustaría hacer. Sé que es una locura.

Holden Caulfield. El guardián entre el centeno, J. D. Salinger.

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Samuel Taylor Coleridge y Gustave Doré – Rima del anciano marinero

Posted by Jordi Guzmán on 9th marzo 2012

Samuel Taylor Coleridge (1772-1834) fue un destacado poeta, critico y filosofo ingles, junto con William Wordsworth fueron los fundadores del romanticismo en Inglaterra. Quizás su obra más conocida sea esta Rima del anciano marinero un cuento con moraleja al estilo árabe, aunque su poema inconcluso Kubla Khan también es enormemente conocido y debatido. La edición que se publicó en 1834 contaba con los geniales grabados del ilustrador y grabador francés Gustavo Doré (1832-1883).

Aquí os muestro el cuarto capitulo de la obra y una selección de grabados de Doré. El poema competo podéis encontrarlo en Zapatos Rojos en esta traducción a cargo de Karina Ángela Macció. Fuente de los grabados: The rime of the ancient mariner. Dover Publications, Inc., edición de 1970. Veo que las imágenes hacen moaré, supongo que también dependerá del monitor que utilicéis, no he podido hacer nada para remediarlo pero se nota menos cuando se ven las planchas a tamaño grande. Clic para ampliar.

PARTE CUARTA

El Invitado-a-la-Boda teme que un espíritu le esté hablando.

“¡Miedo me das, viejo Marinero!
¡Miedo me da tu mano huesuda!
Y eres largo, y flaco, y marrón,
Como es la ribeteada arena-del-mar.

Pero el viejo Marinero le asegura su vida corporal, y procede a relatar su horrible penitencia.

“Miedo me das, y tu ojo brillante,
Y tu mano huesuda tan marrón.”-
“No temas, no temas, tú, Invitado-de-la-Boda!
Este cuerpo no se cayó.”

“Solo, solo, completamente, solo, solo,
Solo en un ancho, ancho mar!
Y nunca un santo tuvo piedad de
Mi alma en agonía.”

Él desprecia las criaturas de la calma.

“Tales hombres, tan hermosos!
Y todos ellos muertos yacían:
Y miles de miles de cosas pegajosas
Vivían aún, y yo también.

Y envidia el que ellas vivieran, y tantos yacieran muertos.

“Miré sobre el mar podrido
Y aparté mis ojos lejos;
Miré sobre la cubierta podrida
Y allí los hombres muertos yacían.

“Miré al Cielo, y traté de rezar;
Pero cuando una plegaria había surgido,
Un malvado susurro venía, y hacía
Mi corazón tan seco como el polvo.

“Cerré mis párpados, y los mantuve cerrados,
Y los globos como pulsos latían;
Porque el cielo y el mar, y el mar y el cielo,
Eran como una carga en el ojo agotado,
Y los muertos estaban a mis pies.

Pero la maldición vive para él en el ojo de los hombres muertos.

“El sudor frío corría de sus miembros,
Ni se pudrieron ni emanaron olor:
La mirada que ellos posaban en mí
Nunca había de terminar.

“La maldición de un huérfano arrastraría al Infierno
Un espíritu de las alturas;
Pero ¡oh! ¡más horrible que eso
Es la maldición en el ojo de un hombre muerto!
Siete días, siete noches, vi esa maldición,
Y aún yo no podía morir.

En su soledad e inmovilidad el añoraba la Luna viajante, y las estrellas que aún permanecían, aunque todavía más adelante; y en todas partes el cielo azul pertenece a ellas, y es su designado descanso y su país nativo y su propio hogar natural. En el que entran sin anunciarse, como señores que son seguramente esperados, y sin embargo hay un placer silencioso a su llegada.

“La Luna moviente subió al cielo,
Y en ninguna parte demoró
Suavemente iba subiendo,
Y una estrella o dos al lado-

“Sus rayos burlaban la abrasante inmensidad,
como escarcha de Abril esparcida;
Pero donde estaba la sombra del abrazo del barco
El agua encantada quemaba
Un quieto y terrible rojo.

Por la luz de la Luna él contempla las criaturas de Dios en la gran calma.

“Más allá de la sombra del barco,
observé las serpientes marinas:
Se movían en huellas de reluciente blanco,
Y cuando se encabritaban, la luz élfica
Caía en canosas escamas.

“Entre la sombra del barco
observé su rico atuendo:
Azul, verde satinado, y negro de terciopelo,
Serpenteaban y ondulaban; y cada huella
era un resplandor de fuego dorado.

Su belleza y su felicidad.
Él los bendice en su corazón.

“¡Oh felices cosas vivas! ninguna lengua
su belleza podría declarar.

Una fuente de amor fluyó de mi corazón,
Y los bendije sin saber:
Seguro mi buen santo tuvo piedad de mí,
Y los bendije sin saber.

El hechizo comienza a romperse.

“En ese mismo momento pude rezar;
Y desde mi cuello tan libre
El Albatros cayó, y se hundió
Como plomo en el mar.

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Karen Wynn Fonstad – Atlas de la Tierra Media

Posted by Jordi Guzmán on 9th febrero 2012

Estos mapas y el texto están sacados de magnifico libro Atlas de la Tierra Media, la autora de todos ellos es Karen Wynn Fonstad (1945-2005) una verdadera especialista en recrear en mapas lugares fantásticos. Aviso que es para, digamos, entendidos (por no decir frikis) de los libros escritos por J.R.R. Tolkien, que difieren en algunas cosas (bastantes) de las películas. Os pongo también el enlace de Amazon. He escogido para mostraros Bolsón Cerrado la residencia de Bilbo y Frodo Bolsón, Hobbiton y Minas Tirith, capital del reino de Gondor.

 

Bolsón Cerrado

Bolsón Cerrado
La residencia de Bolsón Cerrado trazaba desde la gran puerta verde una curva en sentido oeste, bordeando el flanco de la colina. La puerta daba a un vestíbulo que debía de tener una anchura de cuatro metros y medio, a juzgar por unas ilustraciones de Tolkien. La abertura de la puerta, orientada al sur, estaba cortada a pico en la ladera, desde donde partía en dirección este el camino, para luego girar hacia el sur poco antes de la verja. En el porche, Bilbo conversó con Gandalf, los enanos dejaron sus instrumentos y Frodo dejo las mochilas mientras se preparaba para partir.
El recibidor propiamente dicho cumplía la función de un armario de entrada, con perchas para abrigos y abundante espacio para disponer los regalos que Bilbo había dejado. Pasado el vestíbulo, las puertas se abrían “primero a un lado y luego al otro”. Las mejores habitaciones estaban a “a la izquierda según se entraba”, ya que tenían ventanas que horadaban la ladera, algunas de ellas encaradas a la cocina y los jardines situados al oeste del campo de la “Fiesta”. Entre dichas habitaciones se encontraba el salón donde se reunieron los enanos con Gandalf y Bilbo, el comedor, una pequeña sala de estar donde Bilbo y Gandalf sostuvieron una conversación antes de la “Fiesta” y el estudio donde Frodo hablo con los Sacovilla-Bolsón y posteriormente con Gandalf. Como mínimo el estudio y el salón disponían de hogar. Aparte de estas estancias, había el salón donde Bilbo “volvió a la vida”, al menos dos dormitorios, guardarropas, una cocina y “bodegas, despensas (muchas)”. Considerada en su conjunto, era una vivienda de los mas confortable.

 

Hobbiton antes de la guerra (izquierda) y después (derecha)

Hobbiton: antes y después
Antes de la Guerra del Anillo, Hobbiton se hallaba rodeado de un pintoresco paisaje de campos bien cuidados separados por pulcras hileras de setos, donde los caminos bordeados de árboles conducían a acogedoras casas y agujeros rodeados de alegres jardines. Concluida la guerra, los hobbits encontraron a su regreso un panorama bien distinto. Habían cortado todos los árboles que flanqueaban el camino de Delagua y los castaños del sendero que llevaban a la Colina. Los setos estaban destrozados y los campos, agostados. Una gigantesca chimenea, presumiblemente de un horno de fundición, contaminaba el aire; las casas nuevas ofrecían un lastimoso aspecto apiñadas a lo largo del camino; y el lugar donde antes estaba el molino de Arenas lo ocupaba ahora un gran edificio que ensuciaba El Agua. La vieja granja que había mas allá del molino se había transformado en un taller con muchas ventanas. La Alquería había desaparecido, sustituida por chozas embreadas. Bolsón de Tirada era una “bostezante cantera de arena y piedra triturada”, Bolsón Cerrado apenas era visibles a causa de las grandes cabañas que tapaban sus ventanas, el campo de la “Fiesta”, estaba plagado de montículos, como si los topos se hubieran ensañado con él y el árbol de la “Fiesta” había desaparecido. Todo componía un triste espectáculo, pero un año de trabajo bastó para recobrar el esplendor de la aldea, y “¡bueno es lo que termina mejor!”

 

Arriba, a la izquierda: La ciudad .Centro derecha: La ciudadela. Arriba, a la derecha: La Torre Blanca. Abajo: La Torre de la Guardia.

Minas Tirith

En  los primeros años posteriores a la fundación de Gondor se construyó la fortaleza de Minas Anor, la “Torre del Sol Poniente”, como defensa contra los hombres salvajes que vivían en los valles de la Montañas Blancas. La ciudad y su torre fueron reconstruyéndose de acuerdo con las necesidades, de forma que no todas la murallas y edificios descritos eran los que originalmente había mandado erigir Anárion más de tres mil años antes. La función de la ciudad también se había modificado durante este periodo: de puesto avanzado a residencia veraniega del rey y después de morada permanente real a capital. Incluso su nombre cambió, ya que tras la caída de Minas Ithil (Minas Morgul) en el 2002 de la Tercera Edad, Minas Anor pasó a llamarse Minas Tirith, la “Torre de la Guardia”.

Tolkien dibujó en un mapa la Colina de la Guardia como una elipse casi circular. Dos únicos detalles rompían la simetría: la estrecha estribación que unía la colina con el grueso de las montañas y el espectacular y descomunal bastión de piedra con su “arista, aguzada como la quilla de un barco”, apuntando “hacia el este”, que arrancaba detrás de las Grandes Puertas y se encumbraba hasta el nivel de la Ciudadela, y desde el cual uno podía asomarse a su pico y ver directamente la puerta doscientos metros mas abajo. Dado que este rasgo característico no fue plasmado por Tolkien en sus ilustraciones, el efecto que pudiera haber tenido en el trazado de las murallas esta basado en suposiciones. La sección transversal se sitúa en una posición a medio camino entre el texto y los dibujos en un intento de superar esta dificultad.

De las dimensiones de la colina, la única definida por Tolkien es su elevación: 213 metros. De todas formas, las demás pueden deducirse de manera aproximada comparando dos dibujos, uno de Minas Tirith y otro de la Ciudadela. Si el diámetro de la Torre Blanca fuera de unos 50 metros, la ciudad habría tenido un promedio de 1.000 metros de ancho.

 

Si os han gustado este tipo de mapas, decídmelo y pondré más.

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Charles Dickens – Citas

Posted by Jordi Guzmán on 8th febrero 2012

Coketown…era una ciudad de ladrillos rojos, o de ladrillos que habrían sido rojos si el humo y la ceniza lo hubieran permitido; pero, tal y como estaban las cosas, era una ciudad de un rojo y un negro poco naturales, como el rostro pintado de un salvaje. Era una ciudad de maquinas y de chimeneas altas, de las cuales siempre estaba saliendo interminables serpientes de humo, que nunca acababan de desenroscarse. Tenia un canal negro, y un río maloliente de color púrpura, y vastos bloques de edificios llenos de ventanas en los que a lo largo de todo el día había un traqueteo y un temblor continuos, y en los que el pistón del motor a vapor subía y bajaba de forma monótona, como la cabeza de un elefante en un estado de melancólica locura. Tenia asimismo varias calles amplias, todas muy parecidas entre sí, y muchas calles estrechas, también ellas bastante parecidas entre sí, habitadas por personas igual de parecidas la una a la otra, que salían y entraban a las mismas horas, haciendo el mismo ruido sobre el mismo suelo, para hacer el mismo trabajo y para las que todos los días, ayer o mañana, eran iguales y todos los años lo que había sido el anterior y lo que seria el siguiente.

Charles Dickens. Tiempos difíciles (1854). Ayer, con todo el lío con la página, se me olvidó esta cita del gran Dickens como homenaje y para conmemorar el 200 aniversario de su nacimiento.

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Lisbeth Zwerger – Acuarelas para El gigante egoísta

Posted by Jordi Guzmán on 2nd febrero 2012

Bonitas acuarelas de la ilustradora austríaca Lisbeth Zwerger para el cuento infantil de Oscar Wilde El gigante egoísta, publicado en 1888. Zwerger ilustró este cuento que fue publicado por la editorial Casteman en 1984 aunque estas planchas pertenecen a la edición en español. Podéis ver todas las ilustraciones en el blog PINTO. Pinto. También incluyo el texto completo del cuento. Clic para ampliar.

El gigante egoísta
de Oscar Wilde

Todas las tardes, a la salida de la escuela, los niños se habían acostumbrado a ir a jugar al jardín del gigante. Era un jardín grande y hermoso, cubierto de verde y suave césped. Dispersas sobre la hierba brillaban bellas flores como estrellas, y había una docena de melocotones que, en primavera, se cubrían de delicados capullos rosados, y en otoño daban sabroso fruto.

Los pájaros se posaban en los árboles y cantaban tan deliciosamente que los niños interrumpían sus juegos para escucharlos.

-¡Qué felices somos aquí!- se gritaban unos a otros.

Un día el gigante regresó. Había ido a visitar a su amigo, el ogro de Cornualles, y permaneció con él durante siete años. Transcurridos los siete años, había dicho todo lo que tenía que decir, pues su conversación era limitada, y decidió volver a su castillo. Al llegar vio a los niños jugando en el jardín.

-¿Qué estáis haciendo aquí?- les gritó con voz agria. Y los niños salieron corriendo.

-Mi jardín es mi jardín- dijo el gigante. -Ya es hora de que lo entendáis, y no voy a permitir que nadie mas que yo juegue en él.

Entonces construyó un alto muro alrededor y puso este cartel: Prohibida la entrada. Los transgresores serán procesados judicialmente.

Era un gigante muy egoísta.

Los pobres niños no tenían ahora donde jugar.

Trataron de hacerlo en la carretera, pero la carretera estaba llena de polvo y agudas piedras, y no les gustó.

Se acostumbraron a vagar, una vez terminadas sus lecciones, alrededor del alto muro, para hablar del hermoso jardín que había al otro lado.

-¡Que felices éramos allí!- se decían unos a otros.

Entonces llegó la primavera y todo el país se llenó de capullos y pajaritos. Solo en el jardín del gigante egoísta continuaba el invierno.

Los pájaros no se preocupaban de cantar en él desde que no había niños, y los árboles se olvidaban de florecer. Solo una bonita flor levantó su cabeza entre el césped, pero cuando vio el cartel se entristeció tanto, pensando en los niños, que se dejó caer otra vez en tierra y se echó a dormir.

Los únicos complacidos eran la Nieve y el Hielo.

-La primavera se ha olvidado de este jardín- gritaban. -Podremos vivir aquí durante todo el año

La Nieve cubrió todo el césped con su manto blanco y el Hielo pintó de plata todos los árboles. Entonces invitaron al viento del Norte a pasar una temporada con ellos, y el Viento aceptó.

Llegó envuelto en pieles y aullaba todo el día por el jardín, derribando los capuchones de la chimeneas.

-Este es un sitio delicioso- decía. -Tendremos que invitar al Granizo a visitarnos.

Y llegó el Granizo. Cada día durante tres horas tocaba el tambor sobre el tejado del castillo, hasta que rompió la mayoría de las pizarras, y entonces se puso a dar vueltas alrededor del jardín corriendo lo más veloz que pudo. Vestía de gris y su aliento era como el hielo.

-No puedo comprender como la primavera tarda tanto en llegar- decía el gigante egoísta, al asomarse a la ventana y ver su jardín blanco y frío. -¡Espero que este tiempo cambiará!

Pero la primavera no llegó, y el verano tampoco. El otoño dio dorados frutos a todos los jardines, pero al jardín del gigante no le dio ninguno.

-Es demasiado egoísta- se dijo.

Así pues, siempre era invierno en casa del gigante, y el Viento del Norte, el Hielo, el Granizo y la Nieve danzaban entre los árboles.

Una mañana el gigante yacía despierto en su cama, cuando oyó una música deliciosa. Sonaba tan dulcemente en sus oídos que creyó sería el rey de los músicos que pasaba por allí. En realidad solo era un jilguerillo que cantaba ante su ventana, pero hacía tanto tiempo que no oía cantar un pájaro en su jardín, que le pareció la música más bella del mundo. Entonces el Granizo dejó de bailar sobre su cabeza, el Viento del Norte dejó de rugir, y un delicado perfume llegó hasta él, a través de la ventana abierta.

-Creo que, por fin, ha llegado la primavera- dijo el gigante; y saltando de la cama miró el exterior. ¿Qué es lo que vio?

Vio un espectáculo maravilloso. Por una brecha abierta en el muro los niños habían penetrado en el jardín, habían subido a los árboles y estaban sentados en sus ramas. En todos los árboles que estaban al alcance de su vista, había un niño. Y los árboles se sentían tan dichosos de volver a tener consigo a los niños, que se habían cubierto de capullos y agitaban suavemente sus brazos sobre las cabezas de los pequeños.

Los pájaros revoloteaban y parloteaban con deleite, y las flores reían irguiendo sus cabezas sobre el césped. Era una escena encantadora. Sólo en un rincón continuaba siendo invierno. Era el rincón más apartado del jardín, y allí se encontraba un niño muy pequeño. Tan pequeño era, no podía alcanzar las ramas del árbol, y daba vueltas a su alrededor llorando amargamente. El pobre árbol seguía aún cubierto de hielo y nieve, y el Viento del Norte soplaba y rugía en torno a él.

-¡Sube, pequeño!- decía el árbol, y le tendía sus ramas tan bajo como podía; pero el niño era demasiado pequeño. El corazón del gigante se enterneció al contemplar ese espectáculo.

-¡Qué egoísta he sido- se dijo. -Ahora comprendo por qué la primavera no ha venido hasta aquí. Voy a colocar al pobre pequeño sobre la copa del árbol, derribaré el muro y mi jardín será el parque de recreo de los niños para siempre.

Estaba verdaderamente apenado por lo que había hecho.

Se precipitó escaleras abajo, abrió la puerta principal con toda suavidad y salió al jardín.

Pero los niños quedaron tan asustados cuando lo vieron, que huyeron corriendo, y en el jardín volvió a ser invierno.

Sólo el niño pequeño no corrió, pues sus ojos estaban tan llenos de lágrimas, que no vio acercarse al gigante. Y el gigante se deslizó por su espalda, lo cogió cariñosamente en su mano y lo colocó sobre el árbol. El árbol floreció inmediatamente, los pájaros fueron a cantar en él, y el niño extendió sus bracitos, rodeó con ellos el cuello del gigante y le besó.

Cuando los otros niños vieron que el gigante ya no era malo, volvieron corriendo y la primavera volvió con ellos.

-Desde ahora, este es vuestro jardín, queridos niños- dijo el gigante, y cogiendo una gran hacha derribó el muro. Y cuando al mediodía pasó la gente, yendo al mercado, encontraron al gigante jugando con los niños en el más hermoso de los jardines que jamás habían visto.

Durante todo el día estuvieron jugando y al atardecer fueron a despedirse del gigante.

-Pero, ¿dónde está vuestro pequeño compañero, el niño que subí al árbol?- preguntó.

El gigante era a este al que más quería, porque lo había besado.

-No sabemos contestaron los niños- se ha marchado.

-Debéis decirle que venga mañana sin falta- dijo el gigante.

Pero los niños dijeron que no sabían donde vivía y nunca antes lo habían visto. El gigante se quedó muy triste.

Todas las tardes, cuando terminaba la escuela, los niños iban y jugaban con el gigante. Pero al niño pequeño, que tanto quería el gigante, no se le volvió a ver. El gigante era muy bondadoso con todos los niños pero echaba de menos a su primer amiguito y a menudo hablaba de él.

-¡Cuánto me gustaría verlo!- solía decir.

Los años transcurrieron y el gigante envejeció mucho y cada vez estaba más débil. Ya no podía tomar parte en los juegos; sentado en un gran sillón veía jugar a los niños y admiraba su jardín.

-Tengo muchas flores hermosas- decía, pero los niños son las flores más bellas.

Una mañana invernal miró por la ventana, mientras se estaba vistiendo. Ya no detestaba el invierno, pues sabía que no es sino la primavera adormecida y el reposo de las flores.

De pronto se frotó los ojos atónito y miró y remiró. Verdaderamente era una visión maravillosa. En el más alejado rincón del jardín había un árbol completamente cubierto de hermosos capullos blancos. Sus ramas eran doradas, frutos de plata colgaban de ellas y debajo, de pie, estaba el pequeño al que tanto quiso.

El gigante corrió escaleras abajo con gran alegría y salió al jardín. Corrió precipitadamente por el césped y llegó cerca del niño. Cuando estuvo junto a él, su cara enrojeció de cólera y exclamó:

- ¿Quién se atrevió a herirte?- Pues en las palmas de sus manos se veían las señales de dos clavos, y las mismas señales se veían en los piececitos.

-¿Quién se ha atrevido a herirte?- gritó el gigante. -Dímelo para que pueda coger mi espada y matarle.

-No- replicó el niño, pues estas son las heridas del amor.

-¿Quién eres?- dijo el gigante; y un extraño temor lo invadió, haciéndole caer de rodillas ante el pequeño.

Y el niño sonrió al gigante y le dijo:

-Una vez me dejaste jugar en tu jardín, hoy vendrás conmigo a mi jardín, que es el Paraíso.

Y cuando llegaron los niños aquella tarde, encontraron al gigante tendido, muerto, bajo el árbol, todo cubierto de capullos blancos.

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Manías a la hora de escribir

Posted by Jordi Guzmán on 24th enero 2012

Todos, quien más o quien menos tiene sus manías a la hora de concentrarse o escribir alguna cosa. Algunos oyen música, otros no la soportan (es mi caso, me distrae) otros necesitan silencio total y ausencia de gente a otros no les importa tanto que haya ruido de fondo…pero sin duda estas pequeñas peculiaridades se quedan cortas delante de genios de la literatura como los que siguen. Lo he sacado de un ameno libro llamado El libro de los hechos insólitos de Gregorio Doval.

Ya se sabe que entre los escritores abundan los comportamientos extravagantes y las manías a la hora de buscar la mejor manera en que cada uno prefiere escribir sus obras. Comentemos algunas de las más conocidas. Por ejemplo, muchos cuidaban su atuendo a la hora de escribir. Entre ellos, el conde de Buffon, que solo podía escribir vestido de etiqueta, con puños y chorreras de encaje y espada al cinto; Alejandro Dumas, padre, cuando escribía, vestía una especie de sotana roja, de amplias mangas, calzando sandalias; Pierre Loti, que vestía trajes orientales, escribiendo en un despacho decorado a la turca, y el poeta ingles John Milton, que escribía envuelto en una vieja capa de lana. Otros eran incapaces de estarse quietos: por ejemplo, Chateaubriand, que dictaba a su secretario paseándose con los pies descalzos por su habitación; Victor Hugo, que meditaba sus frases o sus versos en voz alta paseando por la habitación hasta que los veía completos, pasando entonces a escribir con toda rapidez, y Jean-Jacques Rousseau, que prefería trabajar en pleno campo y, a ser posible, al sol y, si el ruido ambiente le molestaba, se taponaba los oídos con tapones de guata.

A otros les preocupaba más el dónde que el cómo; por ejemplo, Montaigne, que escribía encerrado en una torre abandonada. Los había verdaderamente maniáticos, como el poeta alemán Schiller, que solo podía escribir si tenia los pies metidos en un barreño con agua helada; Lord Byron, que excitaba su inspiración mediante el aroma de las trufas, de las que procuraba llevar siempre algunas en sus bolsillos; o Gustave Flaubert, que era incapaz de escribir una sola línea sin antes haberse fumado una pipa. El ya mencionado Victor Hugo, por su parte, no demasiado confiado en su propia voluntad, tenia por costumbre entregar sus ropas a su criado, con la orden de que no se las devolviese hasta que transcurriese un plazo predeterminado, aunque él se las pidiese encarecidamente. Des esta forma, se obligaba a escribir sin posibilidad alguna de evadirse. Honoré de Balzac se podía acostar a las seis de la tarde, siendo despertado por una criada justo a medianoche; inmediatamente se vestía con ropas de monje (una túnica blanca de cachemira) y se ponía a escribir ininterrumpidamente de doce a dieciocho horas seguidas, siempre a mano su cafetera de porcelana. Durante todo ese tiempo no paraba de consumir taza tras taza, lo que, en su opinión, no solo le mantenía despierto y despejado, sino que le inspiraba a escribir. A ese ritmo diario; Balzac consiguió terminar más de cien novelas y narraciones cortas.

El libro de los hechos insólitos. Gregorio Doval. Alianza Editorial. Biblioteca de consulta 8124.

Y tu, ¿también tienes alguna manía a la hora de escribir?

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Ward Shelley – Lineas de tiempo

Posted by Jordi Guzmán on 13th enero 2012

Interesantes y curiosos estos intrincados dibujos realizados por el neoyorquino  Ward Shelley sobre lineas de tiempo de variados temas. He escogido para mostraros su autobiografía, todo el entorno de Andy Warhol, la vida de Frank Zappa hasta 1975 (parece que falta la segunda parte), la presencia de mujeres en la historia de la pintura, los géneros del rock y la historia del avant garde. Podéis ver más en su página. Clic para ampliar.

Autobiografía

Andy Warhol

Frank Zappa

Mujeres en la historia de la pintura

Géneros del rock

Historia del avant garde

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Josep M. de Sagarra – La cultura del dolor

Posted by Jordi Guzmán on 27th septiembre 2011

Hoy se cumplen cincuenta años del fallecimiento de Josep M. de Sagarra (1894-1961), escritor, poeta, dramaturgo y periodista catalán de notable éxito. También fue traductor de Dante, La divina comedia, de Shakespeare, Moliere o Gogol. Entre 1929 y 1936 publicó semanalmente unos artículos en la revista Mirador con el titulo  L’aperitui (El aperitivo) en donde escribía sobre temas de actualidad, llegando a publicar más de 360.

Como él mismo definió posteriormente era: “un comentario de tema libre, redactado en un estilo que participaba de la columna periodística y del poema en prosa“. En el año 2004 editaron 186 de dichos artículos en un libro titulado El perfum del dies (El perfume de los días) editado por Quaderns Crema del que he traducido a trancas y barrancas un articulo publicado el 12 de diciembre de 1935. Resulta curioso como en algunas cosas – no todas – parece que pocas cosas han cambiado desde hace 76 años y que quejarse de la falta de cultura y criterio de los semejantes es lo habitual desde la Grecia antigua. Acertada y moderna es su apreciación de esa “cultura del dolor” que hoy en día vemos día si y día también en todas las televisiones y medios de comunicación. Hace casi un año ya le dediqué un post a otro de sus artículos, más abajo esta en enlace.

LA CULTURA DEL DOLOR

Se puede afirmar, sin miedo a equivocarse mucho que a pesar de la enorme producción de letra impresa que cada día se entrega al mercado. Los hombres en general saben hoy mucho menos cosas que hace cien o doscientos años atrás. Es evidente, pero, que hoy en días los conocimientos están más al alcance de todos, que hay infinitos medios para que las personas se enteren con una cierta rapidez de todo aquello que es necesario para formar la base de una cultura sobre cualquier ramo o materia. También es evidente que los hombres viajan mucho más y que es muchísimo superior el número de individuos que pueden entender e incluso hablar y escribir una o unas cuantas lenguas, además de la que les es natural y propia. Pero a pesar de todas estas cosas, se puede decir que el noventa y cinco por ciento de los humanos se tragan la dosis de cultura necesaria para ir tirando, con la rapidez y facilidad con que se tragan un comprimido de aspirina para liberarse de un dolorcillo pasajero. La inmensa mayoría de la humanidad (especialmente en nuestros países de clima benigno) con cuatro hojas de periódico, por encima de las cuales pasan los ojos con una rapidez sin contemplaciones, ya tienen bastante para ir tirando y para intervenir en las conversaciones y para producir las ideas del día. Y, en muchísimos casos, la radio sustituye el periódico con ventajas para quien la escucha, pues le hace falta menos esfuerzo y le dan las nuevas del día y los elementos de cultura en forma de comprimido mucho más tragable porque lo aliñan con  música.

Hoy en día las librerías viven exultantes de volúmenes y de novedad científica y literaria, pero al hombre medio, de todas las fortunas, esto no le interesa. Antes, hablo de cien años atrás, toda persona de cierta posición social tenía el deber de interesarse por alguna cosa que tuviese un cierto aire espiritual. Como que esa persona iba más lentamente que la gente de hoy en día, y no le habían puesto este motor idiota que todos llevamos en la presente época, tenía más tiempo para todo, tenía tiempo para meditar, para digerir, para asimilar aquello que formaba la base de su cultura, y esa persona, sin ser un profesional de las ideas, podía elaborar ideas propias que le servían para contemplar los atardeceres o las salidas del Sol.

Hoy en día, en que el nivel de la cultura y del pensamiento cada día es más bajo, se puede observar, pero, como a cada momento se crea un deseo de cultura, o una necesidad de cultura, que en ocasiones no pasa de ser una mera curiosidad o un cotilleo, pero que de una forma u otra crea conocimiento.

Este hecho es producido por el dolor (un dolor físico, un dolor moral, una desgracia, etc.); es lo que podríamos denominar la cultura del dolor. El hombre necesita que se produzca un desastre, de la forma y cantidad que sea, para interesarse a enriquecer sus conocimientos. Imaginaos, por ejemplo, una familia de tranquilos comerciantes, fuertes en aritmética y otras ciencias aptas para estrujar pacíficamente al prójimo. Esta buena familia que no se ha interesado nunca, ni el padre ni la madre ni las tías, por nada que haga referencia a las ciencias biológicas, tienen del cuerpo humano y de su funcionamiento una idea aproximada como de la que se tiene de un desván de trastos viejos, Un buen día, el padre, la madre o la tía son víctimas de un grave conflicto que se les ha producido en el hígado, pongamos por caso. Aquella buena gente consultan médicos especialistas y empiezan a tener una cultura sobre el hígado; si el enfermo y la enfermedad son de importancia, se crea un estado de preocupación la familia irradia a todos sus conocidos y amistades, en todo donde tenga relación o influencia, esa preocupación por el hígado, sobre la existencia, funcionamiento y patología del hígado. De esa manera, un núcleo humano cualquiera ha descubierto, y ha convertido en cotilleo, curiosidad o cultura, aquello que les ha servido el hígado de un señor conocido.

Este ejemplo de la cultura producida por el dolor se puede ir viendo en todos los campos y en todas las esferas, desde las más altas, hasta las más grandiosas catástrofes.

Sin ir más lejos, ahora vivimos un fortísimo caso de rápida y apasionada cultura producida por el dolor. Se trata de la guerra de Etiopia. Son miles las personas que, en nuestra ciudad, sin ir más lejos, han adquirido una serie de conocimientos geográficos y etnográficos que, sin el dolor, sin la cruenta y sensible catástrofe de una guerra, no habrían adquirido nunca.

¿Cuantos barceloneses ahora hace un año tenían idea de la existencia de Addis Abeba o del mapa de Etiopia? Yo estoy segurísimo que no llegaban ni mucho menos a un medio por mil. Exceptuando de algunos estudiantes, que casi tienen una idea mecánica de las cosas, a pesar de los grandes inventos de la pedagogía, porque la pedagogía moderna es una de las más autenticas encerronas que se conocen, estoy convencido de que la mayoría de señores que barajan un centenar de ideas por los cafés, los despachos y las casas particulares, tenían un concepto de Etiopia, de sus costumbres, de su organización política y social, de una vaguedad aproximada a la vaguedad de mis conocimientos sobre las penas eternas del infierno. Pero en este caso, como en muchísimos casos, el dolor fatalmente ha producido una cultura. Y yo encuentro lamentable que tenga que ser el dolor el que distraiga por unos momentos la banalidad de nuestra época, y le imponga el deber de abalanzarse sobre las cosas de enterarse de que son y cómo son las cosas.

Josep M. de Sagarra 12-XII-1935

El perfum dels dies. Edició de Narcís Garollera. Quaderns Crema 2004

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Gustave Doré – Grabados

Posted by Jordi Guzmán on 20th septiembre 2011

Gustave Doré (1832-1883) fue un extraordinario artista francés que desde muy joven trabajo como ilustrador para importantes autores literarios como François Rabelais, Honoré de Balzac, Dante Alighieri o Lord Byron entre muchos otros.  Aún produciéndose su muerte a temprana edad – 51 años – dejó para la posteridad una enorme cantidad de grabados e ilustraciones de los cuales se puede consultar una gran selección (por tamaño y calidad) en Wikimedia Commons. Clic para ampliar.

Don Quixote de la Mancha (1863)

Don Quixote de la Mancha (1863)

Don Quixote de la Mancha (1863)

Orlando Furioso

El paraíso perdido

El paraíso perdido

La Divina Comedia. El paraíso.

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